Efectos rítmicos en el sujeto contemporáneo

Los últimos años nos han convertido en testigos de dinámicas convulsas entre lo micro y lo macro, lo psicológico y lo social. Esta tensión se manifiesta desde las corrientes ideológicas que impactan al sujeto desde la radicalidad, hasta aquellas resistencias que intentan regular el ritmo acelerado de una cotidianidad condicionada por los algoritmos digitales.


El confinamiento por el COVID expuso una realidad impensable: calles vacías donde el transitar resonaba con ímpetu, mostrando un paisaje casi desértico. Esta modulación no sólo puso sobre la mesa nuestra realidad más inevitable, sino que nos recordó cómo, bajo el influjo de la actividad y el movimiento constante, solemos olvidar lo que Heidegger denominaba ‘la imposibilidad de lo posible’. El confinamiento no solo fue una medida de supervivencia, sino también un ensayo político y social que evidenció la posibilidad palpable de controlar los efectos de la actividad y el tiempo. La radicalización fue posible; y aunque esto no es ajeno al pasado histórico, aquellas viejas transformaciones nos parecen hoy más predecibles, precisamente porque los mundos estaban menos enlazados. En esa desconexión, una marea conquistadora podía avanzar desde Macedonia hasta la India mutando el paisaje y sembrando en tierras lejanas un legado de pensamiento, o bien emerger de las estepas de Asia, aterrorizando las fronteras de la cultura occidental bajo el sonido del galope en consonancia con la frecuencia sutil del tiro de arco curvado.


Podemos pensar que el orden nuclear reguló aquellas lejanas transformaciones. Bajo este orden, los conflictos indirectos entre potencias no son más que una excusa para el control politizado; es decir, pequeñas mutaciones imperceptibles para el espectador. Estos microconflictos operan como distractores que desatan la especulación a modo de entretenimiento alterno, pero que, a fin de cuentas, no transforman al sujeto cotidiano: simplemente le otorgan cierta ‘identidad’. Es ahí donde el fenómeno del aislamiento adquiere relevancia. El mundo demostró que podía sobrevivir y operar; procesos como la gentrificación y el desarrollo algorítmico fueron algunos de los que se potenciaron con la acompañada caída de la actividad acústica del ambiente. Si bien es verdad que la interconexión no puede soportar un confinamiento prolongado, sí es capaz de resistir a cambios radicales si la situación lo exige.
El resultado fue mayúsculo y evidente: si el consumidor —el único sujeto real que el sistema mercantil imperante toma en cuenta— puede asimilar una modulación tan agresiva, queda entonces preparado y, a la vez, dirigido para soportar revoluciones que antes le parecían inconcebibles.

El problema de la duración y la densidad


Aunque los sistemas de reconocimiento de vectores algorítmicos nacieron décadas atrás, es en la ruptura rítmica y multidimensional del movimiento donde finalmente se democratizan. Se desata entonces la carrera de las inteligencias artificiales, una disputa por la hegemonía entre las corporaciones tecnológicas más poderosas. Estas empresas han creado un ecosistema de ‘granjas’ virtuales donde los consumidores, por voluntad propia, reclaman un espacio; alimentan el engranaje con el rastro gratuito de su información y, al mismo tiempo, rinden tributo convencidos de que el servicio los mantendrá a salvo de la obsolescencia tecnológica. Tal como señala Yaris Varoufakis:


Hoy en día, miles de millones de nosotros entramos voluntariamente en estos feudos digitales cada vez que abrimos nuestras pantallas. No somos solo consumidores de un servicio; somos siervos digitales. Con cada me gusta, cada reseña, cada búsqueda y cada video que vemos, trabajamos gratis para aumentar el valor de este capital de la nube. Producimos el capital que luego nos controla. (Varoufakis, Tecnofeudalismo, p. 85).


Pero ¿qué impulsa esa vertiginosidad de movimiento, tanto en los intereses del capital como en la disposición del consumidor a aceptar estos modelos con tanta docilidad? Una respuesta posible radica en la percepción de la densidad y la duración con que se ejecutan los procesos: la disrupción ya no resulta un elemento de análisis o reflexión, sino una condición emocional ante la cual somos altamente sensibles.


El conflicto rítmico más preocupante desde mi perspectiva —dada la radicalización para la que parecemos estar entrenados— es la economía de la actividad enfrentada a la productividad digital desbordante. Es cierto que cualquiera queda maravillado y puede percibir fácilmente las ventajas productivas de los nuevos sistemas; sin embargo, es precisamente aquí donde se produce el punto de inflexión en cuanto a la temporalidad.
El artista, el creativo o el productor no es aquel que materializa sus ideas sin más; es, más bien, aquel que las va transformando a lo largo de un proceso escalar hasta la finiquitación de su objeto, ya sea este estético o funcional. El embate entre el sujeto y el objeto, entre las ideas y los límites materiales, constituye una actividad experiencial que testimonia las grietas y fracturas de la creación, al tiempo que genera conciencia de ellas. Es en ese proceso rítmico donde se delibera, se redefine el camino e, incluso, pueden nacer conceptos aún más potentes que las ideas originales, gracias a la vivencia de una dialógica constante. Henri Bergson por su parte nos dice:


Cuando un músico compone una sinfonía, ¿su obra era posible antes de ser real? Indudable; si por ello se entiende que no existían obstáculos insuperables para su realización. Pero de este significado totalmente negativo de la palabra, se pasa sin darse cuenta a un significado positivo; se supone que toda cosa que se produce hubiera podido ser conocida de antemano por algún espíritu lo bastante bien informado, y que por tanto preexistía, bajo forma de idea, a su realización; concepción absurda en el caso de una obra de arte, pues desde en el momento en que el músico tiene la idea precisa y completa de la sinfonía, su sinfonía está hecha. (El pensamiento y lo movible, Bergson H. p17)


Este «espíritu demasiado bien informado» del que habla Bergson no es más que el reflejo de las unidades de procesamiento neuronal actuales que, independientemente de la petición que se haga al computador, arrojarán un resultado. En ocasiones, dichos productos digitales pueden parecer atractivos y a la vez grotescos; sin embargo, al carecer de toda experiencia rítmica y temporal, terminan moldeando no tanto el deseo de la petición, sino la búsqueda misma. Es como si la creación se redujera al juego de encontrar una aguja en un pajar, anulando la experiencia creativa y condicionando el criterio a una base de datos superficial creada desde la estadística del consenso y no desde la reflexión. Por lo tanto, la obra ya preexiste dentro de los sistemas; la petición sólo delimita el resultado. ¿Por qué alguien se privaría de una interacción acústica directa, de los micromovimientos que no solo moldean la materia, sino el espíritu mismo?. Bücher dice:


El ritmo despierta la alegría en el trabajo; hace que este sea un juego, disimula el esfuerzo y economiza las fuerzas corporales. Al someter los movimientos mecánicos del cuerpo a un orden métrico, la fatiga se posterga porque el músculo encuentra en la regularidad del pulso un instante de recuperación constante. En las fases primitivas de la civilización, el canto comunitario y la cadencia corporal marchaban al unísono; la música era el metrónomo natural que unía las voluntades y aligeraba la carga de la subsistencia. La máquina moderna, al contrario, despoja al trabajo de su alma rítmica natural; destruye esa armonía fisiológica al separar la mente del movimiento. Ya no es el hombre quien impone su compás al instrumento, adaptando la herramienta a sus límites y pulsaciones vitales, sino el autómata mecánico el que impone su cadencia implacable al cuerpo del trabajador, obligándolo a convertirse en un eslabón asincrónico de una sincronía artificial. (El trabajo y el ritmo, Bücher, p45)


Conclusión


Resulta indiscutible que la máquina supera al ser humano en aquellas tareas desprovistas de oscilaciones temporales y cadencia rítmica. Dentro del proceso creativo, cualquier labor susceptible de ser automatizada—donde la subjetividad y la abstracción resulten prescindibles—está destinada a la automatización. No obstante, debemos reevaluar el concepto de exactitud. Si a una partitura se le priva de sus indicaciones expresivas, la métrica resultante no es más que una aproximación supeditada al pulso orgánico del intérprete. La precisión cobra sentido justamente en el contraste de sus fluctuaciones, no en su ejecución mecánica. Por tanto, incluso el pulso constante y la repetición aparentemente vacía pueden ofrecer un significado profundo: son la manifestación de un espíritu que se moldea a sí mismo y que define la perfección no como un resultado automatizado, sino como un acto consciente de voluntad.


Quizá sea la nulificación de esa voluntad rítmica la que expone nuestro desconcierto con la realidad. Se evidencia en la pérdida de la rutina necesaria para la creación, pero también en la irrupción de densidades digitales y la desaparición de lo orgánico. Más allá del reemplazo de la vida por objetos inamovibles, hablo de algo más sutil: la manifestación de sonidos con una verdadera carga emotiva, distantes de aquellos que se alejan con efecto Doppler tras una entrega o que terminan comprimidos en la pequeña bocina de un teléfono móvil.


Al hablar del tiempo, pensamos en la medida de la duración, no en la duración misma. Pero esta duración, que la ciencia elimina y que es difícil de concebir y de expresar, se la siente y se la vive. ¿Cómo podríamos dar con ella? ¿Cómo se revelaría a una conciencia que sólo quisiera verla sin medirla, que la sorprendiera sin detenerla, que se tomara, en suma, a sí misma por objeto, y que, siendo a la vez espectadora y actora, espontánea y reflexiva, acercara la atención que se fija y el tiempo que huye hasta hacerlos coincidir juntos? Esa era la cuestión. De acuerdo con ella, penetrábamos en el dominio de la vida interior, del que hasta entonces nos habíamos desentendido. Y bien pronto reconocimos la insuficiencia de la concepción asociacionista del espíritu. Esta concepción, común entonces a la mayoría de los psicólogos y filósofos, era el efecto de una recomposición artificial de la vida consciente. ¿Qué resultado tendría la visión directa, inmediata, sin prejuicios interpuestos? Una larga serie de reflexiones y de análisis nos indujo a desprendernos, uno por uno, de estos prejuicios, a desechar ideas que habíamos aceptado sin crítica; y por fin creímos dar con la duración interna natural, nos dijimos, que la ciencia positiva se desentienda de esta duración, pues su función es cabalmente con ponernos un mundo en que podamos, para comodidad de la acción, escamotear los efectos del tiempo.(El pensamiento y lo moviente, Bergson H. p11).


Bibliografía
Varoufakis, Y. (2024). Tecnofeudalismo: El silencio de los siervos. Deusto.
Bergson, H. (1936). El pensamiento y lo movible. Ercilla.
Lopes Coelho, S., y Zorrilla, A. (2020). Estética y política del ritmo. Rhuthmos.
Bücher, K. (1920). El trabajo y el ritmo. Editorial Claridad.

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